El tiovivo, o carrusel, es quizá la atracción más atemporal y poética de cualquier feria. Es una obra de arte mecánica, una explosión de luces doradas, espejos y figuras esculpidas que parecen cobrar vida al son de una melodía festiva.

Montarse en el tiovivo es un ritual que trasciende generaciones. Para los más pequeños, es la oportunidad de cabalgar un noble corcel, un majestuoso elefante o un cisne elegante, experimentando la emoción del movimiento circular que simula un vuelo. Para los adultos, es un viaje de regreso a la infancia, un momento donde el tiempo parece ralentizarse.

Al girar, las luces parpadean creando un halo mágico y la música de órgano o banda de viento envuelve el ambiente, transportando a los pasajeros a una época de cuento de hadas. Es una atracción que no busca la velocidad ni el vértigo, sino la belleza, la elegancia y la alegría inocente.

El tiovivo es un icono de la felicidad simple, un recuerdo brillante que queda grabado en la memoria de cada visitante de la feria.