Los coches de choque, o «autodromo», son la atracción que encarna la pura y simple diversión ruidosa de la feria. No hay reglas de tráfico, no hay límites de velocidad, solo la promesa de un caos controlado que hace las delicias de todos, especialmente de los adolescentes.

Subir a uno de estos pequeños vehículos eléctricos es prepararse para la tensión y la risa. El objetivo es claro: esquivar o chocar, y la estrategia cambia en cada vuelta. La expectación aumenta mientras circulas lentamente, esperando el momento justo para el impacto.

El golpe es seco y satisfactorio; una descarga de adrenalina seguida de una carcajada inmediata. Es una atracción social, donde los grupos de amigos se persiguen y los desconocidos se convierten en adversarios momentáneos, todo bajo el techo metálico que chisporrotea con la energía de los mástiles.

Los coches de choque son sinónimo de rebeldía inofensiva y euforia juvenil, dejando a los participantes con el corazón acelerado y la necesidad de volver a intentarlo para desquitarse.